Gabriel Rufián asume el fracaso de la unidad de la izquierda a horas del cierre de coaliciones

La cuenta atrás para registrar coaliciones ha dejado a Gabriel Rufián ante una conclusión que hasta hace unos días intentaba evitar: la candidatura unitaria de la izquierda alternativa al PSOE parece cada vez más lejos. El dirigente de ERC ha pedido disculpas por no haber conseguido reunir a las formaciones bajo una misma papeleta y ha asumido ese desenlace como un fracaso propio y colectivo.
Rufián había defendido un acuerdo amplio que reuniera a fuerzas estatales y soberanistas en un momento electoral que considera decisivo. Su diagnóstico es que la fragmentación puede debilitar a ese espacio justo cuando se abren las urnas y cada sigla calcula el precio de renunciar a una parte de su identidad, sus puestos y su margen de decisión.
El candidato republicano ha reconocido que confiaba en que la presión de la calle y la fuerza de su propuesta bastarían para empujar a las direcciones hacia un entendimiento. No ha ocurrido. A pocas horas de que venza el plazo, ha admitido que la posibilidad de un pacto general es remota, aunque dejó abierta una última esperanza para las negociaciones que sigan en marcha.
La autocrítica no ha sido una fórmula vacía. Rufián relató que llegó a pensar en abandonar el intento e incluso en apartarse de la primera línea, frustrado por el bloqueo. Finalmente decidió continuar por responsabilidad y por quienes creen que su presencia todavía puede servir para movilizar voto, pero su mensaje deja ver el desgaste de una negociación convertida en un pulso entre aparatos.
El acuerdo alcanzado entre ERC y Podemos en Cataluña ocupa un lugar central en esa discusión. Rufián sostiene que ese pacto reduce de tres a dos las listas situadas a la izquierda del PSOE en el territorio, una simplificación que valora como positiva. Aun así, insiste en que su objetivo era más ambicioso: una coordinación que evitara competir entre aliados potenciales.
El choque principal sigue situado en la incapacidad de extender esa lógica al resto del Estado. Las conversaciones entre Podemos y el Frente Amplio no han resuelto las diferencias que arrastran las organizaciones, mientras el reloj convierte cada desacuerdo en una decisión de consecuencias electorales. El margen para un pacto total se estrecha y la unidad queda expuesta a la última negociación de la jornada.
Rufián ha cargado contra el espectáculo de reproches y cálculos que, a su juicio, ha rodeado la negociación. Sin señalar una única responsabilidad, ha pedido a las cúpulas que entiendan la gravedad del momento y que, si el acuerdo no llega, al menos eviten trasladar la ruptura a una campaña de confrontación interna. La advertencia apunta a una izquierda que podría competir con heridas aún abiertas.
En su relato aparece también Ada Colau, a quien atribuye voluntad para acercar posiciones. Rufián ha defendido que ambos intentaron empujar a sus respectivos espacios hacia un pacto, pero no lograron arrastrar a las direcciones. Esa distancia entre quienes reclamaban el acuerdo y quienes controlan la decisión final es el núcleo de su decepción pública.
El dirigente de ERC no ha ocultado sus críticas a la arquitectura interna de su partido. Ha dicho que no participó en el diseño completo de su candidatura y ha cuestionado que algunas decisiones se tomen lejos de la militancia. Pese a ello, descarta romper con sus siglas o encabezar un proyecto propio fuera de ERC, una frontera que mantiene incluso en medio del desencanto.
La fecha límite añade una presión que transforma las declaraciones en algo más que una disputa ideológica. Una vez cerradas las coaliciones, las listas y las campañas fijarán el mapa con el que la izquierda llegará a las elecciones generales del 29 de noviembre. Cada pacto fallido no solo ordena candidaturas: también condiciona el reparto de votos, escaños y capacidad de influencia posterior.
Rufián ha defendido que el desafío no consistía en borrar las siglas, sino en encontrar una fórmula de cooperación capaz de ampliar el apoyo electoral. En esa idea sitúa la paradoja de las últimas horas: todas las organizaciones comparten parte del electorado que pretenden proteger, pero ninguna ha terminado de aceptar el coste político de una integración más amplia y una cesión visible de protagonismo.
El desencuentro se produce después de varios días de contactos, ofertas y mensajes cruzados. Podemos ha mantenido su propia estrategia de acuerdos, mientras el Frente Amplio agrupa a distintas formaciones que tampoco han resuelto todas sus tensiones territoriales. El resultado es un tablero desigual, con entendimientos concretos en algunos lugares y una ruptura persistente en los espacios que concentran mayor atención.
Para Rufián, el riesgo de esa división va más allá de una fotografía incómoda. El político ha advertido de que las fuerzas de izquierda pueden pagar electoralmente no haber llegado a tiempo y ha ligado su propuesta a la necesidad de frenar a la derecha y la extrema derecha. Su petición final es que el fracaso de la unidad no se convierta ahora en una campaña de destrucción mutua.
La negociación llega así a su tramo final con una admisión amarga: el frente que debía exhibir fuerza compartida puede nacer como una suma de candidaturas separadas. Rufián seguirá en la campaña y ERC mantendrá su acuerdo catalán con Podemos, pero su disculpa resume el clima de la jornada: una oportunidad de entendimiento se apaga mientras las direcciones deciden cómo afrontar las consecuencias de no haberlo conseguido.






