Pablo cambió del vagón 7 al 6 antes del accidente de Urda: «Eso es lo que me ha salvado»

Pablo tenía una herida en el cuello cuando contó cómo había sobrevivido al accidente ferroviario de Urda, en Toledo. Viajaba en el AVE y, antes del choque con un tren Iryo, había tomado una decisión que ahora considera decisiva: cambiar de vagón.

Su sitio estaba en el coche 7. En el último momento pasó al 6, situado más atrás en el convoy, tal como explicó después del siniestro. Desde ese lugar vivió el impacto que convirtió el trayecto de aquel miércoles, 28 de octubre, en una emergencia.

«Eso es lo que me ha salvado», afirmó al recordar aquel movimiento. Pablo relaciona su supervivencia con haber abandonado el coche anterior; su testimonio expresa esa convicción personal, sin establecer un balance de víctimas por vagón.

El recuerdo del impacto le llega como un golpe prolongado. En su relato aparecen el caos y las personas malheridas, junto a la certeza de haber tenido suerte. Pudo contarlo fuera del tren, aunque la lesión en el cuello mostraba que tampoco había salido indemne.

Dentro del vagón 6, Pablo recuerda a los viajeros volcados unos sobre otros. Haberse cambiado de coche no lo apartó de la violencia de la colisión: desde allí también vio las consecuencias inmediatas del golpe entre los pasajeros.

El testimonio se recogió en una jornada en la que el pabellón polideportivo de Urda recibió a personas ilesas y a heridos leves de ambos trenes. El recinto llegó a acoger hasta 400 afectados durante la mañana, mientras se organizaba su atención.

Entre los viajeros atendidos había un hombre del Iryo con la nariz rota y la camisa cubierta de sangre. Mientras un sanitario lo asistía, relató la sucesión de golpes y la caída por el terraplén que recordaba del accidente.

Para ese pasajero, lo más duro había sido lo que encontró fuera del convoy. Al evocar la escena, destacó también la ayuda de los habitantes de Urda, que se acercaron a auxiliar a los afectados en los primeros momentos.

Por la tarde quedaban pocos pasajeros en el complejo deportivo, acompañados todavía por sanitarios y miembros de Protección Civil. Horas antes, aquel mismo espacio había concentrado a cientos de personas que acababan de abandonar los trenes.

En otra entrevista, Pablo explicó que el cambio de asiento había estado relacionado con cederle su lugar a una señora. Al reconstruir lo sucedido volvió a hablar de suerte: un gesto previo al choque ocupa ahora el centro de su relato de supervivencia.

En el pabellón se anotaban la identidad de los evacuados y los datos de su tren y vagón. También se evaluaban sus lesiones y su estado emocional para decidir la atención que necesitaba cada persona.

La pista deportiva conservaba sus canastas y sus gradas mientras recibía a los viajeros. Había sillas, mantas y agua para atenderlos, con personal de emergencias, Cruz Roja y Protección Civil entre los afectados.

Parte de los supervivientes salió con sus familiares; otros regresaron a Madrid en autobús. En Atocha los esperaban sanitarios y psicólogos, prolongando la asistencia más allá del lugar del accidente.

Pablo pudo explicar lo ocurrido desde el vagón al que se había trasladado. Su herida, los pasajeros amontonados y el recuerdo del coche que dejó atrás forman parte de ese relato: sobrevivió y atribuye su suerte a haberse cambiado de sitio.

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