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San Isidro: un niño de dos años aparece solo en la calle tras salir de su escuela infantil

Una vecina caminaba hacia su trabajo cuando vio a un niño de dos años solo en una calle de San Isidro, en Alicante. El pequeño lloraba y llamaba a sus padres en medio de una situación que, por su edad y el entorno, podía haber terminado de forma mucho más grave.

El hallazgo se produjo el 8 de octubre, poco antes de las tres de la tarde. La mujer recogió al menor y lo trasladó a la escuela infantil municipal del municipio, donde las cuidadoras se sorprendieron al verlo regresar acompañado de una persona ajena al centro.

La familia sostiene que el niño había salido de la escuela sin que se detectara su ausencia de inmediato. El padre presentó una denuncia ante la Guardia Civil de Dolores para que se aclare cómo pudo abandonar las instalaciones y cuánto tiempo permaneció fuera.

La versión conocida hasta ahora sitúa al niño en una calzada, sin compañía y visiblemente alterado. Ese detalle obliga a medir el riesgo con cautela: a los dos años no hay capacidad real para orientarse, evitar vehículos ni pedir ayuda de forma segura.

Ese mismo día, los padres recibieron un mensaje de la guardería para que acudieran al centro a tratar un asunto relacionado con su hijo. Al llegar, intentaron reconstruir una secuencia que todavía presenta interrogantes sobre la salida del menor y la reacción posterior.

La denuncia plantea además una posible contradicción entre el parte del centro y el relato de la vecina. El documento de la escuela situaba al pequeño dormido durante la siesta hasta las tres, mientras que el hallazgo en la calle se habría producido antes de esa hora.

Las cuidadoras explicaron a la familia que advirtieron la ausencia cuando comprobaron que el niño no estaba en la cama donde debía dormir. Salieron a buscarlo y, casi al mismo tiempo, la vecina que lo había encontrado lo estaba llevando de vuelta al edificio.

No está establecido cómo logró salir. La familia afirma que no recibió una explicación clara sobre si la puerta estaba abierta o si el pequeño pudo manipularla por sus propios medios, una diferencia esencial para determinar la cadena de fallos que pudo producirse.

También se comunicó a los progenitores que el interior de las instalaciones no dispone de cámaras de vigilancia. La ausencia de ese registro complica reconstruir con precisión los minutos previos, aunque no sustituye las comprobaciones que deban realizarse sobre la supervisión del grupo.

El reencuentro con sus padres llegó cuando el niño ya estaba de nuevo en la escuela infantil y se encontraba en buen estado. Ese desenlace evita una consecuencia física inmediata, pero no borra la inquietud de una familia que busca respuestas sobre una salida que nadie detectó a tiempo.

Los padres describen una plantilla reducida para atender a alrededor de veinte niños y niñas de cero a tres años, con una cuidadora y una auxiliar y cambios frecuentes de personal. Es una afirmación incluida en su denuncia, no una conclusión oficial sobre las causas del episodio.

El caso ha quedado en el terreno de una investigación que deberá separar los hechos acreditados de las versiones de cada parte. Lo confirmado es el regreso del menor al centro acompañado por una vecina; el mecanismo de su salida continúa sin una explicación pública concluyente.

La infancia temprana convierte cualquier ausencia en una emergencia potencial. Bastan unos minutos y una puerta sin control para que un niño muy pequeño alcance una calle, una calzada o un punto alejado de quienes deben vigilarlo, incluso en un municipio tranquilo y conocido.

La denuncia no adelanta responsabilidades y será necesario conocer las comprobaciones que se practiquen. Mientras tanto, la imagen del niño llorando y llamando a sus padres deja una pregunta incómoda: qué falló para que una vecina lo encontrara antes que quienes debían saber dónde estaba.

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