Mattia murió a los 13 años tras nueve años de agonía por un queso contaminado en Italia
Mattia Maestri murió este fin de semana en Italia a los 13 años, después de pasar nueve en estado vegetativo por una infección que sufrió cuando apenas tenía cuatro. Su muerte cerró una agonía larguísima que convirtió la vida de su familia en una batalla diaria contra el dolor, la impotencia y el desgaste de los años.
Todo empezó el 5 de junio de 2017 en Coredo, en el valle de Non, cuando el niño probó un trozo de queso elaborado con leche cruda. Poco después desarrolló una infección por Escherichia coli que desencadenó un síndrome hemolítico urémico, una complicación gravísima capaz de destrozar riñones, sangre y sistema nervioso en cuestión de horas.
El deterioro fue rápido. Sus padres lo llevaron primero al hospital de Cles, pero su estado empeoró y terminó siendo trasladado al Hospital Santa Chiara de Trento. A partir de ahí, el caso se convirtió en una cadena de intervenciones médicas, ingresos y decisiones que la familia siempre consideró tardías o equivocadas.
Mattia acabó entrando en coma y permaneció durante un mes en cuidados intensivos en Padua. Después ya no volvió a recuperar la vida que tenía antes de aquella comida. El daño neurológico fue irreversible y el niño quedó en un estado vegetativo permanente que obligó a reorganizar por completo la existencia de quienes lo rodeaban.
Durante años, la familia sostuvo en casa una rutina extrema. La madre dejó su trabajo para cuidarlo sin descanso y el padre transformó el duelo en una lucha pública. En ese tiempo, Mattia necesitó una atención constante, tratamientos continuos y una vigilancia agotadora marcada por crisis epilépticas y una fragilidad cada vez mayor.
Su padre, Giovanni Battista Maestri, rechazó convertir el caso en una simple cuestión económica. Insistió en que lo ocurrido no podía cerrarse solo con indemnizaciones y defendió que la muerte en vida de su hijo debía servir para advertir del riesgo que determinados alimentos pueden suponer para los menores y otras personas vulnerables.
Esa pelea también se libró en los tribunales. La justicia italiana acabó confirmando la relación entre el queso contaminado y las lesiones devastadoras que sufrió el niño. El expresidente de la quesería y el maestro quesero fueron condenados en apelación por causar lesiones gravísimas, mientras la familia siguió presionando para ampliar responsabilidades.
El caso no se limitó a la producción del alimento. El padre denunció además fallos en la atención sanitaria inicial, convencido de que una valoración pediátrica adecuada podría haber evitado decisiones médicas que agravaron aún más el cuadro. Esa convicción alimentó otra parte de una guerra judicial que se fue alargando con el paso de los años.
Con el tiempo, Mattia dejó de ser solo el nombre de un niño enfermo en una casa de Trentino. Su historia empezó a simbolizar un debate mucho más amplio sobre la seguridad de los productos elaborados con leche no pasteurizada y sobre la necesidad de advertencias claras en los envases para proteger a la población infantil.
En diciembre de 2024, su padre participó en el debate parlamentario de una propuesta destinada a exigir etiquetas visibles en quesos frescos y semicurados de leche cruda. El objetivo era alertar del riesgo de síndrome hemolítico urémico para menores de diez años, embarazadas, ancianos e inmunodeprimidos, después de una tragedia que ya no tenía vuelta atrás.
La muerte del chico llegó cuando su nombre seguía ligado a causas abiertas y a procesos derivados de ese activismo. Los abogados de la familia habían presentado una denuncia por homicidio imprudente con el agravante de culpa consciente, al tiempo que seguían pendientes otros juicios por difamación contra el propio padre.
El contraste resulta insoportable: un niño de cuatro años probó un alimento cotidiano y quedó atrapado durante nueve años en un cuerpo sin salida. La familia no describe ese tiempo como una simple enfermedad prolongada, sino como una condena que consumió energía, trabajo, dinero y una parte brutal de su vida privada.
En las últimas horas, el padre comunicó la muerte con un mensaje de agradecimiento a quienes acompañaron a la familia durante este recorrido. Era una despedida breve, pero detrás de esas palabras quedaba el peso de casi una década de cuidados extremos, peleas judiciales, exposición pública y una desesperación que nunca llegó a apagarse.
Ahora el nombre de Mattia vuelve a abrir una herida antigua en Italia: la de un caso que empezó con una comida aparentemente inocente y terminó con un niño muerto a los 13 años. Su historia deja detrás una advertencia feroz sobre los fallos que pueden encadenarse cuando una contaminación alimentaria golpea a una víctima sin defensa posible.






