Muere un militar de la UME al caer por un barranco el camión con el que acudía al incendio de Las Peñas de Riglos

La jornada de extinción del incendio de Las Peñas de Riglos terminó atravesada por una muerte. Un militar de la Unidad Militar de Emergencias perdió la vida este domingo 16 de agosto de 2026 cuando el camión en el que se desplazaba junto a otros compañeros se despeñó por un barranco en las proximidades de Atarés, en la provincia de Huesca.
El accidente se produjo mientras el operativo combatía uno de los fuegos más inquietantes del verano en Aragón. La unidad militar formaba parte del amplio despliegue movilizado para frenar el avance de las llamas en una zona marcada por la orografía abrupta, el calor extremo y una evolución del incendio que seguía generando preocupación en varios frentes.
En el vehículo viajaban cuatro efectivos y solo uno de ellos no logró salir con vida. Los otros tres militares resultaron heridos de diversa consideración después del siniestro, que obligó a activar una respuesta sanitaria y de emergencia en mitad de una operación que ya estaba sometida a una enorme presión por el riesgo que seguía representando el fuego.
La caída del camión se registró cerca del barranco de Atarés, en un entorno complicado y de accesos delicados, donde cualquier maniobra queda condicionada por el terreno. Ese detalle convirtió el traslado y la atención inmediata a los ocupantes en una carrera contrarreloj, en un escenario donde el incendio seguía obligando a repartir recursos humanos y materiales sin margen para el descanso.
Uno de los heridos fue evacuado al Hospital Miguel Servet de Zaragoza y llegó a ser considerado el caso más grave entre los supervivientes. Los otros dos afectados también sufrieron lesiones, aunque la primera información difundida durante la tarde apuntó a distintos niveles de gravedad dentro de un mismo golpe que sacudió de lleno al dispositivo desplegado en la zona.
La muerte del militar cayó como una losa sobre un operativo que contaba con alrededor de mil efectivos y más de cuarenta medios aéreos. El incendio de Riglos arrastraba ya una dimensión enorme, con más de 16.000 hectáreas quemadas, y obligaba a concentrar esfuerzos en el flanco derecho, donde la previsión meteorológica hacía temer horas especialmente duras.
La combinación de altas temperaturas, baja humedad y cambios de viento mantenía en tensión a los responsables de la emergencia. Aunque en gran parte del perímetro se había logrado trabajar con relativa eficacia, los mandos reconocían que no se descartaba ningún escenario y que la evolución inmediata del fuego dependía tanto del trabajo humano como de unas condiciones naturales muy adversas.
El accidente no ocurrió en una jornada cualquiera, sino en una de las más delicadas desde que comenzó la lucha contra el incendio. Botaya y Atarés figuraban entre los puntos más calientes del mapa operativo, y la posibilidad de que el fuego siguiera avanzando hacia zonas sensibles mantenía en alerta a vecinos, técnicos y cuerpos de intervención desplegados sobre el terreno.
Con el paso de las horas, el siniestro dejó de ser solo una noticia del frente forestal para convertirse también en un golpe institucional y humano. El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, trasladó públicamente su cariño y solidaridad a la familia del fallecido y a sus compañeros, al tiempo que deseó una rápida recuperación a los tres militares heridos.
También el líder de la oposición, Alberto Núñez Feijóo, expresó su pésame tras conocerse la muerte del efectivo de la UME. Las reacciones políticas se sumaron a los mensajes de dolor emitidos desde el Ministerio de Defensa y por la propia unidad, que lamentó la pérdida y acompañó en público a la familia del militar y a sus compañeros de servicio.
La UME, acostumbrada a entrar donde el desastre aprieta más fuerte, volvía así a quedar expuesta al precio más alto de las emergencias. Sus integrantes habían sido movilizados para apoyar la extinción de un incendio de enorme violencia y terminaron envueltos en una tragedia vial que recordó hasta qué punto el riesgo no se limita al fuego, sino que acompaña cada desplazamiento y cada maniobra.
Mientras se conocían los primeros detalles del accidente, el operativo contra el incendio seguía adelante sin posibilidad de detenerse. La situación exigía continuar trabajando en las zonas más comprometidas del perímetro, aun cuando el impacto emocional por la muerte del militar y por las heridas sufridas por sus compañeros alteraba por completo el pulso de la jornada.
Las primeras informaciones no aclaraban todavía todas las circunstancias exactas del siniestro, pero sí dibujaban una escena devastadora: un camión precipitado por un barranco, un fallecido, tres heridos y un incendio todavía activo como telón de fondo. El caso abrió además una investigación para determinar cómo se produjo el accidente en plena intervención contra las llamas.
La tragedia deja una imagen difícil de borrar en Huesca: la de quienes acudieron a contener una catástrofe y acabaron atrapados en otra. En Las Peñas de Riglos, donde el fuego seguía marcando el ritmo del territorio, la muerte del militar convirtió la operación de extinción en una jornada de luto, tensión y desgaste extremo para todos los que seguían allí.






